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Le pasó al amigo de un vecino: la extraña historia de una casa de Challaco

“Estuve 18 años viviendo en una casa en Challaco y nos pasaron varias cosas extrañas”, cuenta Mireya.

La vivienda pertenecía a una empresa ligada a los criaderos de pollos del sector. Era una casa americana, rodeada de terreno y ubicada frente a antiguos pabellones vacíos. “Prácticamente no teníamos vecinos. Era todo bien solo”, recuerda.

Según relata, una de las primeras cosas que ocurrió fue el día en que murió un chivo que tenían como mascota. “Era grande y regalón. Mi hija estaba súper triste ese día”. Esa tarde, su esposo estaba en el comedor y una de sus hijas en otra pieza cuando escucharon algo que todavía no olvidan.

“Mi esposo escuchó un grito muy desgarrador. Él decía que era como una voz de mujer. Dice que se le erizaron todos los pelos”.

Pensando que su hija estaba llorando por la muerte del animal, le gritó desde el comedor. “Le preguntó si era ella y mi hija le gritó de la otra pieza que no”.

Ahí vino el miedo. “Después él me decía: ‘yo pensé que te había pasado algo’. Porque el grito se escuchó fuerte dentro de la casa”. Mireya asegura que todos quedaron inquietos con lo ocurrido.

Pero dos días después le tocó vivir algo parecido. “Era verano, como las tres de la tarde. Yo estaba sola acostada leyendo un libro y no se escuchaba nada afuera… ni camiones ni gente”.

Entonces escuchó exactamente el mismo sonido. “Escucho un grito desgarrador y fue la misma descripción que hizo mi esposo y mi hija”.

Dice que esta vez el sonido venía desde el pasillo. “Yo lo escuché clarito ahí. Era como un grito de dolor. Me dio un miedo terrible porque me acordé al tiro de ellos”.

Según cuenta, en ese mismo pasillo antes también habían escuchado pasos durante la noche. “Nunca tuvimos explicación para eso”. Sin embargo, el episodio que más recuerda ocurrió tiempo después, durante una noche de invierno.

Frente a la casa había un pabellón abandonado con ventanales y muy poca iluminación. “Mis hijos me empezaron a gritar desde el comedor: ‘mamá venga, venga a ver esto’”. Cuando llegó al ventanal vio algo extraño frente al pabellón. “Yo veo como dos cosas… como ojos rojos”.

Dice que estaban quietos, suspendidos cerca de la entrada. “Se veía algo ahí y después desapareció”. El miedo fue inmediato. “Mi hija estaba comiendo un yogurt y salió arrancando. Lo botó en la pared y la mancha quedó años ahí”.

Mireya asegura que intentaron buscar alguna explicación lógica. “Yo decía capaz que era un ratón o un pájaro… pero un pájaro no se queda suspendido así”. Además, asegura que aquello estaba demasiado alto.

“No podía ser una persona porque estaba sobre los dos metros”. Hasta hoy, asegura que recordar esos ojos rojos frente al pabellón todavía le provoca escalofríos.

“Lo escuché por ahí… no sé si fue verdad, pero mejor tener cuidado”.

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