Hablar de música chilena es adentrarse en una nebulosa de sonidos. Podríamos partir desde el origen mismo, con las melodías de los pueblos originarios que —según rescató el musicólogo Samuel Martí— honraban a sus dioses y a la tierra mucho antes de la llegada de los españoles. O bien, navegar por la época colonial, donde la escasez de instrumentos obligó a que la música se refugiara en los coros de la Iglesia y en las marchas militares; de esos tiempos, por ejemplo, rescatamos nuestro Himno Nacional, pieza fundamental de nuestra banda sonora hasta hoy.
Pero hoy daremos un salto en el tiempo. Dejaremos para otra entrega la trascendencia de los años 60 y 70 para situarnos de lleno en los convulsos años 80. En esa década, las emisoras AM eran terreno de grandes baladistas. Nombres como Myriam Hernández, Zalo Reyes, Luis Jara o Cristóbal dominaban el dial con una rotación constante. Al mismo tiempo, la cumbia mantenía su identidad intacta a través de las sonoras, caracterizadas por esa potente sección de bronces y una gran cantidad de músicos en escena que ponían el ritmo a la fiesta local.
Sin embargo, los 80 también fueron años de resistencia. El Canto Nuevo, que nació como respuesta a la represión cultural tras el golpe de Estado de 1973, se mantuvo firme junto al pueblo. Exponentes clave como Schwenke & Nilo, Sol y Lluvia, Santiago del Nuevo Extremo o Aquelarre, junto a solistas de la talla de Eduardo Peralta, Isabel Aldunate o Nano Acevedo, daban vida a espacios de resistencia cultural como el mítico Café del Cerro, la Casona de San Isidro o diversas peñas y parroquias.
En este viaje que seguiremos desarrollando, no podemos olvidar el estallido del rock y el pop local. Era una competencia de igual a igual con las bandas británicas y el glam rock estadounidense que empezaba a sonar en las nacientes radios FM como Galaxia, Carolina o Concierto.
Para el rock nacional la tarea no fue fácil. Muchas bandas alcanzaron la popularidad con recursos mínimos. El caso más icónico es, sin duda, el de Los Prisioneros. A pesar de los vetos en las radios y las trabas del gobierno militar para presentarse en recintos de la DIGEDER, su mensaje caló hondo. La piratería y el paso de cassettes de mano en mano los hicieron inmortales, incluso siendo artistas del sello EMI.
En la otra vereda, bandas como UPA!, liderada por Pablo Ugarte, lograban un sonido más sofisticado que les permitía mayor rotación radial. Ellos supieron encontrar el equilibrio justo entre la ácida crítica de San Miguel y el ambicioso proyecto comercial de Cinema.
Estas tres bandas son anclas de un movimiento que requirió talento, valentía y unas ganas enormes de ser reconocidos. Lograron, finalmente, lo que todo artista busca: la inmortalidad de su sonido en esta larga y angosta faja de tierra llamada Chile.









