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OPINIÓN | «Como quisiera decirte…» El eco eterno de Los Ángeles Negros

«Como quisiera decirte…». Si a esas tres primeras palabras les agregamos melodía, es imposible no viajar de inmediato al sonido de Los Ángeles Negros. Esta historia no nace en las grandes luces de la capital, sino en el pueblo de San Carlos, a pocos kilómetros de Chillán, a finales de la década de los 60.

Todo comenzó en los pasillos de la Escuela Consolidada (hoy liceo técnico). Allí, dos alumnos, Cristián Blasser en la batería y Mario Gutiérrez en la guitarra, junto al inspector Sergio Rojas en el bajo, formaron un trío con un sueño: participar en un concurso de Radio La Discusión de Chillán. Sin embargo, les faltaba una pieza clave: una voz. El invitado para completar el puzzle fue Germaín de la Fuente, un joven ya conocido en los círculos locales por su registro privilegiado.

Con Germaín en los teclados y la voz, la banda estaba completa. Tenían el nombre, pero aún no la identidad. Al principio, el sonido miraba de reojo el rock de The Beatles, pero Germaín traía otros mundos en la garganta. Sin una base rockera ni apego por la música anglo, él quería cantar boleros. Fue en ese cruce donde ocurrió la magia: la mezcla de rock, folclore y balada romántica creó una fórmula perfecta.

En junio de 1968, tras una reñida batalla de bandas, ganaron el concurso. El premio fue grabar su primer sencillo: «Porque te quiero», de Orlando Salinas. Lo que vino después fue el éxito absoluto, pero también un camino de claroscuros, marcado por cambios de formación, quiebres y pleitos legales por el nombre que acompañarían la larga vida de la agrupación.

Hoy, casi seis décadas después, escribimos sobre ellos no solo como una página de nuestra música nacional, sino como un pilar fundamental del cancionero latinoamericano. Fueron el faro para grupos como Los Golpes, Los Galos o Capablanca en Chile; e inspiraron a Los Pasteles Verdes en Perú o al grupo Yndio en México.

Podría seguir detallando cifras y fechas, pero prefiero dejar que la nostalgia escriba por mí. Es imposible no cerrar los ojos y verme de niño, sentado bajo un parrón a inicios de los 90, escuchando casetes junto a mi abuelo. En ese entonces, sin saber nada de «cultura pop», Los Ángeles Negros ya eran mi banda sonora. Eran esos «sonidos enredados» que hasta hoy brillan en mi memoria.

Canciones como «Y volveré», «Murió la flor» o «El Rey y yo» —cuyo sampler en manos de los Beastie Boys años más tarde me volvería a volar la cabeza— demostraron que su legado no tiene fronteras. Porque al escuchar esos primeros acordes, con ese sonido de órgano y guitarra tan característico, no importan las peleas de sus integrantes. Solo importa ese viaje en el tiempo que nos lleva de regreso al lugar donde fuimos felices.

A veces nos llenan de una tristeza dulce con su mal llamado «sonido cebolla», un concepto que la música no se merece. Porque lo que ellos hacían no era solo para llorar; era para sentir que, en esta larga faja de tierra, también sabíamos cómo hacerle un tajo al alma con una canción.

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